La película se abre con una marquesina de neón rosa en letra caligráfica y un plano de tres minutos que entra en la discoteca sin cortar: antes de conocer a nadie ya sabes en qué mundo estás. Lo aprovechable no es la nostalgia setentera sino cómo está construida. Hay dos paletas y una sola película: los setenta son ámbar, madera, naranja saturado y luz de piscina; los ochenta son fluorescente verdoso, farola sódica y negro. El cambio no se anuncia, se nota. El decorado hace de personaje —el salón náutico con el timón, el papel pintado floral, el rótulo casero de BUCK— y la cámara se mueve para presentar espacios, no para lucirse.












