Un reloj que se llama como un trago y se diseña como uno. La esfera es verde en degradado —hoja oscura en el borde, menta hacia el centro— con un patrón radial prensado que no es un adorno: imita la luz cuando atraviesa el cristal tallado de una copa, así que la esfera cambia entera según de dónde venga la luz y a qué ángulo la mires. Los números son árabes dorados dibujados a la manera de las etiquetas de licor antiguas, y el cristal es Hardlex en forma de caja, abombado por los bordes, que es lo que le da el aire de los sesenta. Debajo, un 4R35 automático de 21.600 alternancias y 41 horas de reserva, visible por el fondo transparente atornillado, en una caja de acero de 38,5 mm que no aparenta el precio que tiene. La línea nació en Japón en 2010 y desde 2017 la firman los cócteles de Hisashi Kishi, dueño del Star Bar de Ginza y primer japonés en ganar el campeonato mundial de coctelería; Seiko tiene la sede en el mismo barrio. Lección para un diseñador: el color aquí no decora, nombra.






