Ciento once páginas sobre el oficio, escritas por quien ganó el Pulitzer a los veintinueve y después se pasó dos años mirando una pared. No enseña a escribir: enseña cómo se gasta un día. Empieza con la imagen que todo el mundo cita —«cuando escribes, tiendes una línea de palabras; la línea es el pico de un minero, la gubia de un tallista, la sonda de un cirujano: la empuñas y abre un camino que luego sigues»— y de ahí saca la regla dura del trabajo: gástalo todo, dalo ahora, no guardes lo bueno para más adelante; lo que se reserva se pudre. Hay un capítulo sobre el horario como red para atrapar los días, otro sobre demoler la parte que más te gusta porque es la que sostiene el error, y un último sobre Dave Rahm, un piloto acrobático que dibujaba en el aire, que es el mejor texto que se ha escrito sobre ver a alguien hacer bien su trabajo. Se lee en dos horas y se vuelve a él durante años.



