Groys empieza dándole la vuelta a una idea de sentido común: la tecnología no sirve para acelerar el cambio sino para frenarlo. Con Heidegger, su objetivo es almacenar —energía, recursos, obras— para no depender del sol, de las estaciones, del azar; es una interrupción del tiempo, la que permite volver a un museo y encontrar el mismo cuadro que viste la vez anterior. El peligro que veía Heidegger es que, si todo se vuelve recurso almacenado, el ser humano también, y la cosa se vuelve herramienta. Groys discrepa: la obra de arte es una cosa que no se gasta. El pan se come y desaparece, la ropa se rompe; la obra solo se mira, y se restaura para seguir mirándola. Esa contemplación de objetos mortales es nueva, y la inventó una violencia: la Revolución francesa, en lugar de destruir lo que había sido de la Iglesia y la aristocracia, lo desfuncionalizó y lo puso en el Louvre para ser mirado. Al mismo tiempo inventó los derechos humanos, y Groys une las dos cosas: proteger una obra y proteger un cuerpo es lo mismo, tratar algo como lo que solo se contempla y no se usa; como la mirada humana no ve el alma, nuestros derechos dependen de la imagen que damos. De ahí pasa a Kojève, al deseo de ser deseado como lo que nos hace humanos, y a la obra como segundo cuerpo, potencialmente inmortal: decimos «vamos a ver a Rembrandt», no «las obras de Rembrandt». Internet democratiza ese segundo cuerpo —cientos de millones de personas se autodiseñan con selfies— y a la vez lo vuelve profano: la obra aparece en Google junto a la biografía, los negocios y las reservas del artista. El arte, concluye, es conservador por naturaleza: guarda, protege, se resiste al capital que destruye formas de vida, y la utopía no está por venir sino ya aquí, como estancamiento estetizado que hay que defender. El final se va al otro extremo: los futuristas que celebraban la explosión del mundo —Marinetti haciendo estallar la sintaxis, Malevich saliendo «del cero de las formas» después de Victoria sobre el Sol—, Lyotard preguntando si el pensamiento puede seguir sin cuerpo cuando el sol estalle, y nuestros segundos cuerpos dispersos por internet, que ya solo una máquina puede reconocer enteros.






