197 páginas y 250 gráficos para defender una sola idea: el gráfico es un instrumento de precisión, no una ilustración. De ahí salen sus tres reglas y su vocabulario, que ya usa todo el mundo sin saber de dónde viene. La data-ink ratio: de toda la tinta de la página, qué proporción representa datos de verdad — el resto sobra, y el capítulo siguiente enseña a borrarlo. El chartjunk: tramas vibrantes, rejillas pesadas, perspectivas falsas y el Pato, el gráfico que se ha convertido en decoración de sí mismo. El lie factor: el tamaño del efecto en el papel dividido entre el efecto en los datos — si no da 1, el gráfico miente. Y los small multiples: repetir el mismo marco cambiando una variable, que es la forma más barata de comparar. El caso central es el mapa de Minard de la campaña de Rusia —seis variables en una hoja, la anchura de la banda es el ejército derritiéndose— del que escribe que «puede muy bien ser el mejor gráfico estadístico jamás dibujado». Lo maquetó él mismo, lo autoeditó hipotecando su casa porque ninguna editorial le dejaba controlar la impresión, y esa terquedad es parte del argumento: el libro está compuesto como dice que hay que componer.






